Diástole-Sístole

¿Y esa sonrisa de ojos?

16/8/07

De festejos, piñatas y pañales

Siempre que cumplo años (en las dos fechas) lo que más me gusta son los abrazos y las llamadas telefónicas (esperadas e inesperadas), y lo que más me pesa… es la llamada y el abrazo que nunca llega, o que llega cuando ya es demasiado tarde.

Yo soy amante de cumplir años. Los que me conocen saben que yo cumplo años el 9 de agosto y el 9 de septiembre. Ya es vieja la historia de por qué sigo celebrando las dos fechas, pero la verdad llevo tantos años haciéndolo que ya es parte de mi vida y me gusta. Hay gentes que me festejan una de ellas y otras seleccionan la otra. Yo tengo preferencia por las dos.

Siempre me ha gustado mi nombre, me gusta como suena y me gusta más porque tiene una “k” y no es común que los nombres tengan esa letra y para mi resulta “especial”. Pero es justo decirles que ese nombre no era la primera opción de mi mamá. Ella me cuenta que cuando nací, tenía pensado ponerme el nombre de su hermana (su cuata) que hacía algunos (muchos) años había fallecido; su nombre era Ernestina (¡!). Sin embargo, una buena y acertada mujer con la que mi mamá trabajaba en ese entonces, le dijo que no me pusiera ese nombre que había otos más bonitos (¡por supuesto! –sorry Tina-). En esa época estaban pasando una radionovela donde salía una niña que se llamaba Érika y de ahí tomó la idea (¡alabados sean los medios masivos de comunicación!).

Pero volviendo a los festejos y a los cumpleaños, la única fiesta de cumpleaños en mi niñez (con piñata y todo) fue cuando cumplí 3 añotes. Recuerdo y puedo ver en las fotos que aún conservo (de muy mala calidad porque eran fotos instantáneas) mi vestido verde, largo, como de gasa y floreado (como de sillón antiguo). Veo como la gente me carga en sus brazos, y yo tan pequeña e indefensa y con cara de no-rompo-un-plato me dejaba querer.

Recuerdo que en ese momento mi pastel se veía enorme, y mi piñata en forma de casita azul con rosa estaba casi de mi tamaño, yo estaba feliz con tanto regalo y tantos niños a mi alrededor. Bueno, a decir verdad, era más especial la fiesta porque el niño que me gustaba (sí… a esa edad me gustaba mi primito político) pudo salir a mi lado en casi todas las fotos, por lo cual yo casi nunca salgo viendo a la cámara, sino al niño que me parecía guapísimo, su nombre era Ubaldo, pero para mi era Ubaldín.

¡Pero esperen! ¡Esa no ha sido mi única fiesta con piñata…! Hace como cinco años festejamos juntas Genoveva y yo nuestro cumpleaños y esa vez decidimos hacer una fiesta de disfraces con piñata y todo. Geno se vistió de Hiedra Venenosa y yo de Gatúbela, y por supuesto, la piñata tenía la forma de nuestro archienemigo: Batman. Fue muy divertido ver a nuestros amigos caracterizados de lo que seguramente siempre se habían querido disfrazar y no se animaban. Con nosotros tuvieron el pretexto. También fue sano, porque aunque ellos casi ni se percataran, toda la comida que se sirvió era vegetariana y los invitados se dieron un atracón sin probar animal.

Todas mis fiestas de cumpleaños han tenido su sello especial que no olvidaré, con su toque alegre, nostálgico y a veces chusco. De lo que cada vez estoy más convencida es no soltar la idea de hacer una fiesta temática: sólo espero no tardarme tanto en decidirme y que los únicos invitados sean mis compañeros de asilo, y los regalos que me lleven parezcan de Baby Shower: Pañales, baberos y papillas.

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