Diástole-Sístole

¿Y esa sonrisa de ojos?

16/3/07

Infancia con cines de carpa y palomitas

Desde hace años tengo la intención de hacer un listado de películas que he visto e integrar un catálogo de las mismas.

Soy aficionada al cine, lo que implica que vea películas buenas, malas y muy malas.

Primero intenté hacer un listado de películas que me impresionaron en la niñez, por lo que suponía que sólo eran películas infantiles... Pero no, ahí también estaban películas de momias, monstruos y vampiros; Pili y Mili, Cantinflas, Tin-Tan, Pedro Infante, Alex Dinamo, los hermanos Almada y Pulgarcito, entre otros.

Como todavía no puedo iniciar con ese recuento, me decidía a relatar mi experiencia con los primeros cines de Caborca, la ciudad de mi infancia y adolescencia.

Recuerdo que en mi niñez los únicos cines que conocía eran los de carpa, administrados y manejados por los “húngaros” (así llamábamos a los gitanos). Por las tardes se dedicaban a anunciar con un altavoz las películas que proyectarían por la noche (bellos momentos cuando por el precio de una veías dos). Por las noches, las familias que decidían ir a al cine llevaban sus propias sillas para sentarse cómodamente (casi como en el VIP) en el espacio que habían destinado para la proyección (generalmente un terreno baldío, rodeado de unas lonas altas, sin techo, que te permitía ver las estrellas o mojarte si empezaba a llover), ya que las bancas que ellos proporcionaban, además de incómodas –de madera y sin respaldo–, eran insuficientes para la cantidad de gente que asistía al evento.

En la entrada, una señora obesa, con vestido largo y holgado, y una cabellera despeinada que se sostenía con una pañoleta colorida, vendía palomitas grasosas, refrescos y los boletos.
Al entrar, lo primero era buscar un buen lugar, de preferencia lejos de los señores con sombrero (¡por qué usan sombrero de noche?), de las señoras con niños y de los altos. Una vez localizado el lugar casi perfecto, poníamos la silla que llevábamos a cuesta (bueno, yo no… pero mis padres sí) y esperábamos que iniciara la película.

El sonido rudimentario y la imagen con llovizna incluida era una porquería... pero las películas lograban emocionar a todos los asistentes quienes, según el género de la cinta, lloraban, reían y hasta pegaban gritos de terror si aparecía el rostro del vampiro en primer plano.

Al finalizar la segunda película de la noche, todos recogían su silla y se iban con cara de satisfacción a su casa. Yo regularmente fingía estar dormida para que me llevaran en brazos, y minutos después ya estaba soñando que era la protagonista (si era conveniente), y de vez en cuando soñaba que dirigía grandes producciones con gran ingenio.

Hoy lo que más añoro es el andar suave de mi papá cuando me llevaba en brazos, platicando con mi madre con un volumen de voz baja para no hacer ruido y que no me despertara, el calor que su abrazo me daba y que hacían de ese trayecto un viaje Premier.

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